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DOMINGO | 2 de marzo del 2008 | Guayaquil, Ecuador
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Paulo Coelho | Especial para EL UNIVERSO |
El monumento mutante
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A lo largo de mi vida he visitado muchos monumentos por todo el mundo erigidos con la pretensión de inmortalizar a las ciudades que les cedieron un espacio destacado. Hombres imponentes, cuyos nombres ya fueron olvidados, pero que aún siguen montados en sus hermosos caballos. Mujeres que extienden coronas o espadas hacia el cielo, simbolizando victorias que ya ni siquiera constan en los libros escolares. Niños solitarios y anónimos, esculpidos en piedra, con su inocencia perdida para siempre durante las horas y los días en que fueron obligados a posar para un escultor que la historia también ha olvidado.

Y al final, con poquísimas excepciones (Río de Janeiro es una de ellas, con su Cristo Redentor), no son las estatuas las que singularizan las ciudades, sino las cosas más inesperadas. Cuando Eiffel construyó una torre de acero para una exposición, no podía ni imaginar que aquello acabaría convirtiéndose en el símbolo de París, a pesar del Louvre, del Arco del Triunfo, o de los imponentes jardines. Una manzana representa a Nueva York. Un puente no muy transitado es el símbolo de San Francisco.

Asimismo, un puente sobre el Tajo es lo más reproducido en las postales de Lisboa. Barcelona, una ciudad llena de cosas bien acabadas, tiene como monumento más emblemático una catedral (La Sagrada Familia) que nunca llega a ser concluida. En Moscú, la gran referencia es una plaza rodeada de edificios y con un nombre que ya no se corresponde con el presente (la Plaza Roja, en recuerdo del comunismo). Y así indefinidamente.

Tal vez por eso, en una ciudad se decidió crear un monumento que nunca fuese el mismo, que pudiese desaparecer todas las noches y reaparecer por las mañanas, y que se transformase durante todos los minutos del día, según la fuerza del viento o la incidencia de los rayos del sol.  Cuenta la leyenda que la idea se le ocurrió a un niño, justo en el momento de... ir a hacer pis.

Cuando terminó, le contó a su padre que el  lugar donde vivían estaría protegido de invasores si pudiese contar con una escultura que pudiese desaparecer antes de que estos se aproximasen. El padre fue a conversar con los consejeros del lugar, y estos, a pesar de haber adoptado el protestantismo como religión oficial y de considerar como mera superstición todo lo que  escapase de la lógica, terminaron por seguir el consejo.

Hay otra historia que dice que, debido a que un río se encontraba con un lago provocando una corriente muy fuerte, en ese lugar se construyó una presa hidroeléctrica; pero cuando los trabajadores regresaban a sus casas y cerraban las válvulas, la presión era muy grande, y las turbinas terminaban explotando. Hasta que un ingeniero tuvo la idea de situar allí una fuente, de manera que el exceso de agua tuviese por donde escapar.

Con el tiempo, la ingeniería resolvió el problema, y la fuente dejó de ser necesaria. Pero, quizá recordando la leyenda del niño mencionado antes, los habitantes de aquel lugar decidieron conservarla. La ciudad ya tenía muchas fuentes, y esta iba a encontrarse en el medio de un lago... ¿Cómo podría hacerse visible?

Fue de esta manera como nació el monumento mutante. Se instalaron poderosas bombas, y hoy en día puede verse un chorro de agua fortísimo, arrojando al cielo 500 litros por segundo, a 200 km por hora. Dicen, y yo he podido comprobarlo, que resulta visible incluso desde un avión que vuele a  10.000 metros de altura. No tiene ningún nombre en particular; lo llaman justamente “Chorro de agua”, símbolo de la ciudad de Ginebra (donde no faltan esculturas de hombres a caballo, mujeres heroicas o niños solitarios).

En cierta ocasión le pregunté a Denise, una científica suiza, qué le parecía el Chorro de Agua.

–Nuestro cuerpo está casi enteramente compuesto de agua, y a través de él pasan continuamente descargas eléctricas transmitiendo mensajes. A uno de estos mensajes se le llama Amor, y puede tener repercusiones en todo el organismo. El amor cambia constantemente. Creo que el símbolo de Ginebra es el monumento al amor más hermoso que ha concebido nunca el arte.

No sabría decir si el chico de la leyenda pensó también en eso, pero creo que Denise tiene toda la razón.
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