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En este país de violencia en que cada día muere o es asesinado alguien en condiciones sospechosas, en que la supuesta “isla de paz” se puebla con sicarios, crímenes y robos express, es casi invisible la violencia doméstica. Este tipo de violencia es una violencia soterrada que destruye profundamente la estructura de la familia, que daña las psiquis de los niños testigos de esta clase de crímenes porque en el futuro aparecen, en cualquier momento de sus vidas, como huéspedes indeseados los traumas de la niñez, porque la violencia es tan contagiosa como la viruela, y padres golpeadores producen hijos golpeadores y matrimonios infelices.
La violencia no está solo en las calles; reposa silenciosa, pérfida, también, a veces, en el interior del hogar. “Hogar, dulce hogar”, que a veces es amargo y duro; “nidito” de amor que a veces deviene por injustas relaciones intrafamiliares en “nido de horror”, que solo la sociedad percibe cuando abre los periódicos y se entera de que una mujer ha sido asesinada por su marido con decenas de puñaladas o que otra ha sido agredida frente a sus hijos y ha quedado inválida. La idílica paz del hogar, a veces, es suplantada por una silenciosa guerra civil que afecta profundamente la humanidad de sus miembros, provocando rupturas, incomunicación, terror.
Mientras en América Latina aplaudimos ruidosamente que Chile haya escogido a una mujer como presidenta y nos congratulamos del avance de las féminas en el mundo, en el Congreso ecuatoriano tenemos a un diputado de las filas de Pachakutik y por añadidura presidente de la Comisión de Derechos Humanos que ataca violentamente a su mujer y que presume, incluso, cuando es denunciado por esta en la Comisaría de la Mujer, de inmunidad parlamentaria. De los políticos nada nos asombra, pero la peculiaridad es que este tiene el encargo de defender los derechos humanos de la sociedad. ¿Es que acaso los derechos humanos terminan en el interior de la casa? ¿O cuáles serán los conceptos que maneja este padre de la patria sobre derechos civiles? Los movimientos de mujeres siempre han esgrimido que “lo privado es público”, pero para algunos políticos la democracia solo existe en calles y plazas porque en la intimidad de su vida privada pueden ser déspotas y dictadores.
Como descargo ante la acusación de su esposa, a la que incluso le impide ver a sus cinco hijos, el diputado ha sostenido que su pareja “no atiende la casa, es una persona descuidada y no vela por sus hijos”. Ergo, no es bien mujercita y serlo significa cocinar, lavar y obedecer. Suficientes razones de acuerdo al sentido de propiedad del diputado para molerla a golpes. Sin duda es de aquellos practicantes del amor con quiño, del “porque te quiero, te pego”. O es la manera machista y soterrada de inculpar a la misma víctima de propiciar y provocar estas situaciones.
La violencia doméstica es uno de los crímenes más detestables no solo por sus consecuencias de maltrato psicológico y físico, sino porque es fantasmal, solo aparece cuando hay una mujer con agallas suficientes para hacerla visible ante las comisarías; las más de las veces no se denuncia por temor o vergüenza y de esto conocen los médicos que las atienden por “caídas” imprevistas y “accidentes de rutina”.
Es lamentable que después de tantas luchas, de tantos caminos recorridos, tengamos a un representante explícito de esta clase de violencia en las mismas filas de la inmunidad parlamentaria. Que incluso alude para su defensa no creer en la justicia ordinaria, sino solo en la de su comunidad.
Pero le salió dura, verraca, la mujer del diputado porque no es de aquellas que esgrimen: aunque mate, aunque pegue, marido es... |